Pedro Calderón de la Barca (1600-1681)

El siglo XVII es el siglo de Calderón; lo llenó con su vida y se identificó con su arte, su concepción del mundo y con el espíritu áureo que lo caracterizó.
Los afanes y contradicciones de su vida reflejan al hombre del Barroco: una personalidad contrapuesta que explica el sentido de su arte equilibrado, racionalista y de gran perfección formal a la vez que desasosegante y de fuerte contenido emocional. Sus obras dramáticas, principalmente sus autos sacramentales, ocupaban los escenarios del pueblo y de la Corte.
En su dramaturgia se vislumbra un espíritu de rebeldía, un ansia de libertad y un gran sentido dramático.
Una vida dedicada al estudio y al arte, aunque salpicada de episodios que explican las violentas pasiones que anidan en muchas de sus obras dramáticas.

Calderón de la Barca comienza a escribir comedias hacia 1620, cuando el modelo de la “comedia nueva” estaba plenamente instalado desde principios de siglo, aunque Lope de Vega lo había iniciado mucho antes. Aunque se inspiró en este modelo, Calderón creó un teatro con voz propia. Para él no había géneros menores ni temas superficiales: dedica su arte con la misma intensidad para la comedia de capa y espada o el drama de honor que para la obra religiosa y la histórica. Sus comedias se basan en los choques continuos entre los personajes, fruto de los contrastes de su carácter y reflejo de sus ideas y modos de vivir. Estos se van enfrentando en las tres jornadas canónicas hacia el desenlace, que unas veces supone la instauración de un nuevo orden, y otras, conlleva el fracaso o la muerte de los injustos. Su mentalidad dialéctica, que sumaba los contrarios en busca de una síntesis total, le lleva a fundir lo serio y lo burlesco, lo jocoso con lo trascendente, la broma con la lírica, por lo que su teatro responde plenamente al momento cultural barroco.