Los Clásicos y la Tierra

No son pocas las páginas que nos han legado nuestros clásicos en las que la Tierra cobra protagonismo y se erige como algo más que un mero escenario sobre el que transitan las vidas de los personajes. Por ello, hoy queremos rendir un pequeño homenaje a nuestro planeta rescatando la figura de tres grandes escritores para los que el paisaje  tuvo una especial relevancia a lo largo de su obra.

En primer lugar, doña Emilia Pardo Bazán que retrató maravillosamente, en series como Del terruño o Cuentos de la tierra, la Galicia campesina de Lebre o Vilamorta, la marinera de Areal o aquella más urbana de la mítica Marineda.
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“El jardín era ya bosquete confuso y enmarañado. Cada planta había crecido a su talante, y la forma severa y geométrica del diseño ni adivinarse podía (…) Se escuchaba el cristalino gotear de una fuente, oculta entre los arbustos, que sin duda en otro tiempo manó hermoso chorro de agua, pero ahora, obstruido el caño, exhalaba un sollozo interrumpido, lento” (Bajo la losa).

 

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Puede que Vicente Blasco Ibáñez sea otro de los autores irrenunciables cuando revisamos de la presencia rotunda del paisaje en gran parte de su narrativa. Lo fue desde el comienzo, con sus novelas valencianas en las que delinea una geografía ligada al mundo rural de la Albufera que celebra en cada una de sus descripciones:

 

“Los huertos de naranjos extendían sus rectas filas de copas verdes y redondas en ambas riberas del río; brillaba el sol en las barnizadas hojas; sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las máquinas del riego; la humedad de las acequias… formaba en el espacio una neblina sutilísima que transparentaba la dorada luz de la tarde con reflejos de nácar” (Entre naranjos, pág. 603)

 

Pero también los escenarios marinos cobran una especial relevancia en las novelas que Blasco dedicó a dibujar las crudezas de la Primera Guerra Mundial, librada en gran parte en aguas del Mediterráneo, reflejando así su pasión por el mar con un detalle propio del oceanógrafo:

 

“Todas las infinitas variedades de la fauna mediterránea se movían en los otros estanques.  Pasaban por las láminas de cristal verdoso las salpas, las

bogas y las obladas, vestidas de plata viva con bandas de oro

en los costados. Pasaban también el purpúreo relámpago

del salmonete, la majestad brillante de la dorada, el vientre

azulado de los pajeles, el lomo rallado del sargo, la boca en

forma de trompeta de la brema de mar, la risa inmóvil del

llamado festivo, el remate dorsal del pavón” (Mare nostrum, pág. 147)

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Y a modo de broche, cómo no recordar las muchas páginas en las que don Miguel de Unamuno canta a las tierras de Castilla vinculando cada descripción a un estado de ánimo y engrandeciendo cada escenario con la intensidad del recuerdo:

“Al lado del Henares, la sierra, y la Campiña al otro. No las montañas en forma de borona, verdes y frescas, de castaños y nogales, donde salpican al helecho las flores amarillas de la árgoma y las rojas del brezo. Colinas recortadas que muestran las capas del terreno, resquebrajadas de sed, cubiertas de verde suave, de pobres yerbas, donde solo levantan cabeza el cardo rudo y la retama olorosa y desnuda” (De mi país, pág. 98)

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