La Generación del 98

“Renacimiento […] animado por un espíritu de protesta, de rebeldía”. Con estas palabras hablaba Azorín por primera vez de la Generación del 98  en 1913.

Características de la Generación del 98

Bajo esta corriente literaria se aúnan nombres tan señalados de nuestra literatura como Valle-Inclán, Unamuno, Benavente, Baroja, Maeztu o Antonio Machado. Todos ellos compartían la preocupación por una España en crisis tras la pérdida de las últimas colonias y el tiempo de incertidumbre que se sucedió entre la Restauración y la Guerra Civil.

Frente a la retórica recargada de épocas anteriores, los noventayochistas descienden hasta la realidad tanto en los temas como en el lenguaje, buscando la sencillez y la restauración de voces antiguas que ahondan en su propia esencia para poder retratar el alma del paisaje. Una conciencia nacional, en definitiva, que se centra en las vidas anónimas del pueblo trabajador.

Generación del 98 y Modernismo

Desde el principio, el concepto de Generación del 98 fue cuestionado por muchos (Baroja rechazaba su adscripción) y, no obstante, esa mirada hacia la humildad del pueblo anónimo que hasta entonces había pasado desapercibido se erige como denominador común.

Frente a esta realidad en crisis nace otra corriente estética, el Modernismo, que se refugia en la belleza y en el arte por el arte. En ocasiones, esta tendencia convive con la de la Generación del 98 dentro de un mismo autor (del Machado de Soledades, galerías y otros poemas al comprometido de Campos de Castilla, del Valle-Inclán de las Sonatas al del esperpento).

Autores de la Generación del 98

Muchos de los escritores noventayochistas ocupan un lugar privilegiado dentro del Catálogo de nuestra Biblioteca Castro, donde el lector encontrará cuidadas ediciones tanto en la factura material de los libros como en la fijación textual de cada obra.

 

 

En nuestras ediciones contamos con las obras de dos autores pertenecientes al Grupo de los Tres (Azorín, Baroja y Maeztu), llamado así tras la firma de un manifiesto en 1901 que tenía como objeto la equiparación de España con los países europeos. Trasformación que no llegó a dar frutos y sembró el pesimismo entre sus miembros.

Pío Baroja (1872 – 1956) Encuadrado en el movimiento del 98, Pío Baroja también encaja con el afán general de renovación que dominó las letras españolas a finales del siglo XIX. Observa su entorno y hace literatura de cuanto sucede. Viajar es una de sus grandes aficiones, lo cual le permite observar los tipos que va encontrando, como veremos en muchas de sus páginas. De esta manera, el esquema del viaje aparece en algunas de sus obras como impulso aventurero. Ese constante ir y venir de personajes de un ambiente a otro da agilidad a su escritura, y así consigue que sus novelas produzcan la impresión de la vida misma.

Azorín (1873 – 1967) En la Biblioteca Castro contamos con dos volúmenes que recogen los  principales títulos de Azorín. La originalidad de sus novelas radica en que aparentemente “no pasa nada” porque en realidad “la intensidad suple al enredo”,  como explicaría el propio escritor..

El texto se fragmenta para potenciar la reflexión y el elemento descriptivo a través de un lenguaje detallista.

A lo largo de estos textos  apreciamos la evolución del escritor hacia una renovación literaria que se  había venido gestando tiempo atrás; desprenderse de los procedimientos del Realismo en favor de la nueva estética, donde la aparente desorganización del relato responde a una estructura interior más profunda: “el verdadero paisaje del libro es el cerebro del protagonista”, como predica  Lozano Marco en su completo prólogo de Novelas II.

Entre nuestras colecciones también encontramos las obras completas de Miguel de Unamuno (1864-1936) uno de los autores que mejor reflejan ese dolor por la crisis que atraviesa la España finisecular. A pesar de su fama de hombre polémico, don Miguel es uno de los pensadores más intensos y brillantes de nuestras letras y su constante lucha consigo mismo se aprecia a lo largo de estos volúmenes. Ningún género le fue ajeno y su nombre aparece indisolublemente ligado a la Universidad de Salamanca, donde ejerció como rector. Tras su exilio en Francia durante seis años, regresó a España pero la muerte de su esposa y la decadencia de la República fueron empañando su ánimo hasta su muerte en 1936.

Antonio Machado (1875-1939) es otro de los mejores exponentes de la Generación del 98. Como indica Pedro Cerezo en el prólogo del libro sobre su obra esencial:  “En su conjunto, la obra de Machado representa una alta aventura espiritual”. Estuvo muy influenciado por el simbolismo y destaca por la gravedad y autenticidad de su voz así como por su capacidad para transparentar la verdad del alma. Esa verdad es capaz de trasladarnos de la poesía a la filosofía, reflexionando sobre el propio acto creativo.

Otro gran escritor cuya obra se adscribe a la Generación del 98 es Ramón María del Valle Inclán (1866-1936). “Estuvo el comienzo de mi vida lleno de riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos y soldado en tierras de Nueva España. Una vida como la de aquellos segundones hidalgos que se engancharon en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna (…)Así se presentaba el escritor en la revista Alma Española (1903) y comenzaba también a crearse la leyenda que ha ido velando hasta desfigurar, y casi borrar, la auténtica personalidad del escritor.

Quizá menos estudiado que los precedentes, pero cronológicamente adscrito a la Generación del 98 es Ciro Bayo (1859-1939) . Podemos afirmar que se trata de un escritor prácticamente desconocido y difícil de vincular a un movimiento cultural concreto. Estéticamente se sitúan entre el costumbrismo y las formas de la novela moderna. Sus viajes por América del Sur inspiran la mayor parte de sus relatos y marcan su carácter aventurero y algo vagabundo.

He aquí una breve panorámica sobre la renovación que supuso en nuestras literatura la llamada Generación del 98 y las figuras más destacadas que la integraron.

 

 

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